Serafín Avendaño. Figura, Estilo y Legado en el Arte de Galicia

Serafin Avendaño

El estudio de la evolución pictórica del siglo XIX en la península ibérica exige una aproximación sumamente meticulosa a las corrientes paisajísticas que supusieron la ruptura definitiva con los dogmas inamovibles del academicismo decimonónico. En este vasto y complejo contexto de transición estética, emerge con singular y deslumbrante fuerza la figura de Serafín Avendaño (1837–1916). Considerado de manera unánime por la historiografía como uno de los paisajistas más personales, prolíficos e internacionales de su época, su trayectoria vital y artística constituye un eje vertebrador absolutamente fundamental para comprender la evolución del arte de Galicia y la temprana integración de los pintores gallegos en los circuitos de la vanguardia europea, muy particularmente en la península itálica.

La crítica histórico-artística contemporánea destaca una asunción del realismo que, lejos de ser puramente mimética, aséptica o fotográfica, se presenta siempre profundamente matizada por una sensibilidad exquisita. Al igual que ocurre en gran parte de las manifestaciones del arte europeo a partir de mediados del siglo XIX, la pintura de Avendaño equilibra magistralmente la captación directa de la realidad empírica con una sutil pero perceptible idealización, manteniendo siempre latente un poso romántico innegable que dota a sus lienzos de una atmósfera singular. El resultado ineludible de esta dicotomía estética es una producción plástica de altísima calidad técnica que refleja, en cierto sentido, el mirar complacido del artista frente a la inmensidad de la naturaleza. Se trata de una naturaleza que quiere ser capturada en su verdad lumínica, pero que no puede esconder la profunda subjetividad y la emoción psicológica del autor ante el entorno geográfico o ante su propio sueño estético e intelectual.

Trazando su recorrido biográfico desde sus sólidas raíces familiares en la ciudad de Vigo hasta su prolongado y sumamente fecundo exilio voluntario en la región de Génova, donde se erigió como uno de los pilares fundacionales y teóricos de la vanguardista Scuola Grigia, este documento evalúa el profundo e irreversible impacto de su legado en la consolidación del arte de Galicia, sirviendo de bisagra generacional y maestro indirecto para las posteriores promociones de artistas autóctonos, desde la trágica Xeración Doente hasta la Generación Triunfante del siglo XX.

Raíces Biográficas y el Entorno Intelectual del Rexurdimento Gallego

Serafín Joaquín Avendaño Martínez nació en la ciudad olívica de Vigo (Pontevedra) el 2 de agosto de 1837 (si bien es cierto que algunas fuentes historiográficas y catálogos institucionales han llegado a fechar su nacimiento en 1838, la datación de 1837 es la más consolidada), y falleció a la edad de setenta y nueve años en Valladolid, víctima de la arteriosclerosis, el 23 de agosto de 1916. Tras su deceso, su figura fue homenajeada en la prensa de la época, publicándose un retrato póstumo en la célebre revista Blanco y Negro el 3 de septiembre de 1916, publicación de la cual era subdirector su sobrino, Luis Romea y Avendaño.

El nacimiento de Avendaño en el seno de una familia burguesa, profundamente acomodada y de una inmensa raigambre intelectual, marcó de manera decisiva e irreversible sus primeros pasos, dotándole de una red de seguridad material y de un capital cultural inestimable. Fue hijo de Joaquín Avendaño Bernárdez, un ilustre y sumamente célebre pedagogo de la época, cuya obra teórica, muy especialmente los tratados y Cuadernos de lectura publicados en 1846, ejerció una influencia capital en el desarrollo de la pedagogía moderna y en la configuración de la visión historicista de la intelectualidad gallega contemporánea. Este innegable desahogo económico familiar permitió a Serafín, al igual que a su hermano Teodomiro, trasladarse a Madrid a una edad muy temprana para iniciar su formación académica superior, completamente libre de las severas privaciones económicas y el ostracismo que asolaron a la inmensa mayoría de los artistas de su generación.

El «Comité Borrasca» y el Despertar del Pensamiento Regionalista

La llegada del jovencísimo Serafín Avendaño a la capital de España coincidió cronológicamente con un periodo de inusitada efervescencia intelectual y política, un caldo de cultivo que sentaría las bases ideológicas y culturales del Rexurdimento pleno en Galicia. En el vibrante Madrid de la década de 1850, el taller artístico que Serafín compartía con su hermano Teodomiro no tardó en trascender su mera función de estudio pictórico para convertirse en un auténtico cenáculo cultural, un refugio de librepensadores y en un laboratorio experimental para la renovación del periodismo gráfico español.

Fue precisamente en este estimulante entorno de tertulia y creación donde Serafín forjó vínculos personales e intelectuales indelebles con figuras que se erigirían en monumentos de la literatura y el pensamiento regionalista gallego. A través del destacado periodista y agitador político Alejandro Chao, Avendaño fue introducido en un círculo íntimo, juvenil y de tintes profundamente bohemios que el entonces incipiente historiador y erudito Manuel Murguía (futuro esposo de Rosalía de Castro) bautizaría de forma irónica y afectuosa como el «Comité Borrasca». Este apelativo, lejos de ser peyorativo, fue acuñado por los propios integrantes para acreditar y celebrar la «esmorga y la troula» —es decir, la fiesta, la bohemia desatada y la disipación controlada— que ocupaba una buena parte de sus años de formación e intensa vida social. El núcleo duro de este legendario comité estaba constituido por personalidades arrolladoras, el propio Manuel Murguía, Alejandro Chao, el pintor Federico Ruiz, y los hermanos Serafín y Teodoro (Teodomiro) Avendaño.

La interacción dialéctica e intelectual dentro de las fronteras de este grupo fue profundamente simbiótica y catalizadora para todas las disciplinas creativas. Murguía, que había quedado fuertemente impresionado y marcado durante su juventud por los avanzados tratados pedagógicos de Joaquín Avendaño (el padre del pintor), encontró en Serafín a un interlocutor estético fundamental para el desarrollo de sus propias teorías sobre el arte y la identidad nacional. La compenetración entre ambos creadores fue tal que la primera incursión literaria publicada de Manuel Murguía, un delicado texto titulado Nena das soledades (editado en 1854), fue concebido ex profeso para acompañar el álbum personal de Elina Avendaño, la hermana del pintor, evidenciando la profunda simbiosis entre la literatura fundacional gallega y el núcleo familiar de los Avendaño.

Posteriormente, los ideales democráticos, galleguistas y estéticos gestados en el fragor de las tertulias del «Comité Borrasca» germinarían en proyectos editoriales y políticos de capital importancia para la historia del regionalismo. Destaca de manera superlativa la fundación, hacia el verano de 1855 en la ciudad de Vigo, del periódico demócrata La Oliva, un proyecto monumental impulsado y dirigido in pectore por Eduardo Chao y redactado por Alejandro Chao. En las páginas de este rotativo, de vital importancia para la época, Murguía publicaría sus primeros ensayos históricos fundacionales y sus tratados literarios, los cuales enumeraban y definían, por vez primera, los elementos constitutivos del imaginario nacional colectivo que darían soporte al Rexurdimento gallego.

A pesar de que los caminos profesionales de los miembros del comité se bifurcaron, la amistad de Avendaño con este selecto círculo intelectual perduró irrompible a través de las décadas y la distancia. La nutrida correspondencia histórica documenta cómo, muchos años más tarde, establecido ya de forma estable en su residencia de la península itálica, el pintor continuaba interesándose activamente por el panorama cultural, familiar y social del incipiente arte de Galicia. Un testimonio conmovedor de esta lealtad es la carta fechada el 27 de mayo de 1884, escrita por Avendaño desde su idílica residencia costera en Quinto al Mare (Génova) y dirigida a su viejo amigo Manuel Murguía. En la misiva, Avendaño le solicitaba encarecidamente noticias sobre el estado de su hija y sobre su ilustre esposa, la poetisa Rosalía de Castro, confesándole con inmensa admiración haber leído «muchas poesías en La Ilustración [Cantábrica]».

Serafin Avendaño

Formación Académica. La Real Academia de Bellas Artes y la Transición al Realismo

La vertebración técnica, teórica y metodológica de Serafín Avendaño se cimentó de manera rigurosa en las exigentes aulas de la prestigiosa Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Durante su periplo formativo en esta institución, paradigma del arte oficial español, tuvo el inmenso privilegio de formarse bajo la atenta tutela de varios de los más grandes maestros de la pintura decimonónica, Antonio María Esquivel, el insigne paisajista romántico Genaro Pérez-Villaamil y, de forma verdaderamente transformadora, el maestro de origen belga Carlos de Haes.

En una primera fase de su aprendizaje, Genaro Pérez-Villaamil infundió en el jovencísimo y receptivo pintor vigués los rudimentos técnicos y los preceptos emocionales de la tradición romántica. Esta escuela se caracterizaba por la búsqueda incesante de la grandilocuencia del paisaje, la preeminencia del concepto estético de lo sublime, el dramatismo atmosférico y la idealización casi escenográfica de las ruinas y la naturaleza agreste. No obstante, la posterior irrupción en el claustro de la Academia de Carlos de Haes operó un giro radical y sísmico en la concepción estética de Avendaño. Haes, un renovador implacable, abogaba fervientemente por un paisajismo rigurosamente realista y geológico, insistiendo a sus pupilos en la necesidad imperiosa de abandonar la comodidad y el estatismo del estudio cerrado para abrazar incondicionalmente la práctica del plein air (la pintura al aire libre frente al motivo natural).

Esta profunda influencia realista germinó con inusitada rapidez en el espíritu de Avendaño, quien comenzó a mostrar una marcada devoción por la observación directa, empírica y casi científica de la naturaleza, relegando progresivamente la figura humana a una condición estrictamente anecdótica, subordinada siempre a la inmensidad del entorno geográfico. Los primeros frutos de esta evolución híbrida no tardaron en ser reconocidos públicamente. Ya en la temprana Exposición de Galicia del año 1858, un joven Avendaño presentó una delicada acuarela titulada A nena tristura (La niña tristeza), obra de clara resonancia poética por la que fue galardonado con una meritoria medalla de plata. Posteriormente, su participación continuada en las exposiciones celebradas en Madrid durante los años 1862, 1864 y 1866 le reportaría diversos galardones oficiales por sus paisajes, destacando entre ellos el aclamado lienzo titulado O outono en Italia (El otoño en Italia) y sus recurrentes medallas de tercera clase.

El Certamen de 1861. La Casa de Campo y la Consagración del Talento

El punto de inflexión definitivo e irrevocable en la trayectoria temprana de Avendaño, el evento que catapultaría su carrera hacia la internacionalización, aconteció en el año 1861. La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en su afán por fomentar la renovación de los géneros pictóricos, convocó un certamen competitivo de altísimo nivel para adjudicar una pensión (beca estatal) destinada a la ampliación de estudios superiores de paisaje en el extranjero. El tema impuesto de forma estricta por el tribunal evaluador fue Una vista del lago de la Casa de Campo.

A pesar de no contar en aquel momento con una vasta y experimentada trayectoria en el manejo técnico del óleo sobre lienzo, Avendaño presentó una propuesta compositiva que deslumbró al jurado y a la crítica por su insólita madurez, su audacia lumínica y su dominio de la perspectiva. La obra exhibió, en palabras de los analistas de la época, una profunda «dulzura» y una «enorme suavidad» en el tratamiento de los más ínfimos detalles, destacando sobremanera por la representación virtuosística, táctil y fuertemente realista de los reflejos lumínicos sobre la agitada superficie del agua del lago. Fiel a la filosofía compartida en su juventud con el «Comité Borrasca», Manuel Murguía, ejerciendo su incisivo rol de crítico de arte, ensalzó públicamente el lienzo de su amigo, describiéndolo en las crónicas como un trabajo «fresco, agradable y armónico, lleno de sentimiento, de una paz y una quietud que se reflejaban en el cielo y en las aguas».

P serafin avendano paisaje casa de campo

El veredicto del certamen estuvo rodeado de una inmensa expectación. Aunque el tribunal de la Academia, movido por «otras consideraciones» según apuntaba mordazmente Murguía, otorgó finalmente el primer premio y la beca oficial al celebérrimo y ya consagrado pintor madrileño Martín Rico, la insuperable calidad técnica de la obra del gallego generó tal cisma e indecisión entre los académicos que la institución se vio impelida moralmente a concederle una Mención Honorífica. Pero el reconocimiento no se detuvo en el mero diploma. Más trascendental aún para la historia de los pintores gallegos, el altísimo nivel de su lienzo propició que la institución le concediera de manera extraordinaria una pensión especial para trasladarse a estudiar a Roma. Este salvoconducto institucional inauguró de facto la etapa más brillante, prolongada y cosmopolita de su carrera, permitiéndole insertarse de lleno en los epicentros de la modernidad europea.

El Exilio Voluntario y el Cosmopolitismo Artístico

Gracias al extraordinario y sostenido soporte económico de su acaudalada familia, Avendaño no se limitó a disfrutar pasivamente de su estancia becada en la capital pontificia. Dotado de una curiosidad insaciable y un deseo irrefrenable de aprehender los nuevos lenguajes plásticos, durante la bulliciosa década de 1860, el pintor vigués emprendió un dilatado y costoso periplo internacional. Cruzó el océano Atlántico en una audaz travesía para visitar y estudiar las corrientes paisajísticas en los Estados Unidos, y recorrió de forma metódica los grandes epicentros artísticos europeos, documentándose su paso por Inglaterra, Francia y Suiza. Todas estas experiencias cosmopolitas nutrieron su retina de las últimas innovaciones estéticas, familiarizándolo de primera mano con las audacias de la Escuela de Barbizon, los inicios del naturalismo militante y las investigaciones atmosféricas que se gestaban en la vanguardia occidental.

No obstante, a pesar de sus vastos viajes, fue la escarpada y luminosa geografía de la península itálica la que cautivó de forma definitiva y rotunda su espíritu creador. Tras su periodo de formación inicial en Roma, iniciado en 1861 gracias a la pensión de la Academia, Avendaño tomó la firme determinación de establecerse de forma cuasi permanente en Italia. Allí residiría a lo largo de un prolongado y asombrosamente fructífero periodo de más de treinta años, no regresando de manera definitiva a la península ibérica hasta el año 1896.

Su destino principal no sería, sin embargo, la monumental y academicista Roma de las ruinas, sino la pujante, industrial y burguesa región de Liguria. En 1866 fijó su residencia estable en las bucólicas inmediaciones de Génova, concretamente alternando sus estancias entre las villas de Quarto dei Mille y Quinto al Mare. Durante estas largas décadas de exilio voluntario, Avendaño se integró plenamente en el tejido social y aristocrático de la región, hospedándose con asiduidad en la fastuosa villa costera de su gran mecenas y protectora, la marquesa Isabella Salvago (conocida cariñosamente como Nina), quien había estado casada con el barón Giuseppe. Este establecimiento prolongado, íntimo y profundamente arraigado en la sociedad ligur convierte a Serafín Avendaño en un auténtico rara avis de la historiografía, siendo el único pintor español de todo el siglo XIX del que se tiene constancia documentada con una presencia tan extensa, ininterrumpida y transformadora en la región genovesa.

La Scuola Grigia y la Revolución del Paisaje en Italia

El contexto artístico italiano de la segunda mitad del Ottocento bullía en anhelos de renovación estética y política, en perfecta sincronía con el proceso histórico de la unificación italiana (el Risorgimento). En ciudades como Florencia (donde despuntaba el revolucionario movimiento de los Macchiaioli) y Nápoles (donde las audaces reformas didácticas del pintor Doménico Morelli transformaban radicalmente los modelos de la cátedra de pintura en el Instituto de Bellas Artes desde 1868), se fraguaba una implacable rebelión contra el arte académico lineal, el estatismo historicista y la tiranía del dibujo sobre el color.

En la pintoresca región ligur, este irrefrenable impulso renovador cristalizó en la fundación de la célebre Scuola Grigia (Escuela Gris), un movimiento paisajístico rupturista, antiacadémico y profundamente moderno del cual el «pintor de Galicia», Serafín Avendaño, fue miembro fundador, teórico indispensable y artífice primario. Junto al influyente pintor y teórico genovés Tammar Luxoro (quien ejercía como portavoz del cenáculo modernista), Ernesto Rayper, el brillante arquitecto y pintor portugués Alfredo d’Andrade, y Arturo Issel, Avendaño sentó las sólidas bases de este nuevo y vibrante lenguaje plástico. El grupo desarrollaba su intensa actividad pictórica en campañas conjuntas, pintando del natural en las colinas de Carcare y en diversas zonas del Piamonte (territorios donde también llegaron a asimilarse a la denominada Escuela de Rivara).

Los postulados técnicos, cromáticos y filosóficos de la Scuola Grigia se fundamentaron en el rechazo categórico y visceral a los dogmas formales impuestos por las jerárquicas instituciones tradicionales, encarnadas en Liguria por la figura del profesor Giuseppe Isola, director de la Scuola Accademica di Disegno del Relievo e dal Nudo. Avendaño y sus inseparables correligionarios abrazaron con fervor los siguientes preceptos estéticos, que alterarían para siempre el curso de la pintura italiana y española:

  1. Pintura en Plein Air: Salida definitiva e innegociable del estudio cerrado para captar la simplicidad, la fugacidad atmosférica y la absoluta «verdad de visión» de la naturaleza.
  2. Rechazo Radical del Color Negro: Proscripción del negro de humo y betunes académicos para la representación de las sombras, optando en su lugar por el modelado del color mediante «tonos claros y medias tintas» extraídos de la observación lumínica directa.
  3. Técnica de la Macchia (Mancha): Uso sistemático de una pincelada corta, densa, sumamente suelta y abierta. Esta técnica aplicaba vibrantes manchas de color puro (favorecida por la reciente disponibilidad industrial de óleos preparados y envasados en tubos de plomo, a menudo aplicados directamente sin imprimación previa del soporte) que permitían capturar la atmósfera cambiante, la humedad y la reverberación de la luz mediterránea.
  4. Paleta Esmaltada: Predilección, en el caso específico de Avendaño dentro de la escuela, por una gama cromática altamente refinada, sustentada en el uso de «verdes suaves y grises delicados, con algún toque de blanco». Esta elección dotaba a sus obras de un particular y codiciado acabado esmaltado que se convirtió en el sello indiscutible de su poética visual.

Este movimiento pictórico no solo supuso la definitiva renovación estética local en la ciudad de Génova, sino que trascendió rápidamente sus fronteras regionales, erigiéndose, junto a los Macchiaioli, como uno de los motores ineludibles de la modernización general del arte en toda Italia. La enorme prominencia intelectual y el refinamiento de Avendaño en este círculo de vanguardia lo llevaron a integrarse plenamente en la más alta y selecta sociedad cultural italiana, entablando una estrecha, documentada y duradera amistad personal con el inmenso compositor operístico Giuseppe Verdi. Esta relación quedó plasmada para la posteridad a través de la presencia de importantes lienzos del pintor gallego en la mítica colección de arte Carrara-Verdi, preservada en la villa del músico en Busseto (Parma).

Serafin Avendaño

Análisis Estilístico y Evolución Técnica del Maestro

El vasto corpus de la obra de Serafín Avendaño representa, para los investigadores del arte decimonónico, una fenomenología perfecta y documentada de la profunda transición estilística que experimentó la pintura europea a lo largo del siglo XIX, un arco temporal que viaja ininterrumpidamente desde el declive del romanticismo teatral hasta el albor fulgurante del impresionismo, pasando por el crisol depurador del realismo militante y el luminismo atlántico y mediterráneo.

En su primera y más temprana etapa de formación, fuertemente influida por las directrices de Pérez-Villaamil, sus composiciones aún albergaban evidentes atisbos de la escenografía romántica, cielos tormentosos, perspectivas vertiginosas y un tratamiento lumínico algo artificial. Sin embargo, su posterior y devota asunción de la técnica plein air propugnada teóricamente por Carlos de Haes, sumada a su inmersión total en los postulados de la Scuola Grigia italiana, operaron una purificación absoluta de su paleta cromática. La madurez plástica de Avendaño se caracteriza, por tanto, por un paisajismo de naturaleza profundamente empática, lírica y poética. En su madurez, Avendaño ya no buscaba la simple topografía fotográfica o el levantamiento cartográfico del entorno; su objetivo era la captación elusiva de la «emoción psicológica» que el medio rural, el bosque húmedo y la escarpada costa generaban en el alma del observador.

A nivel estrictamente compositivo, las obras maduras de Avendaño suelen estructurarse en torno a vastas y envolventes extensiones de naturaleza (ya sean los tupidos bosques piamonteses, las soleadas costas de Liguria, o las brumosas marismas de las rías gallegas) donde el ser humano, cuando hace acto de presencia, se ve empequeñecido, silenciado y mimetizado orgánicamente con su entorno telúrico. Las recurrentes escenas de campesinos trabajando bajo el sol, lavanderas en los riachuelos, carros de algas o procesiones religiosas no operan en sus lienzos como narrativas costumbristas folclóricas al uso, sino como elementos plásticos y orgánicos que puntúan cromáticamente el paisaje, aportando una necesaria escala humana a la imponente vastedad del mundo natural.

La materialidad misma de su pintura evolucionó dramáticamente apoyándose en los incesantes avances tecnológicos de la revolución industrial, muy notablemente el uso de óleos preparados y la supresión de las rígidas imprimaciones de yeso. Sus texturas transitaron desde la pulcritud meticulosa, académica y de «suavidad en los detalles» de su juventud (perfectamente visible en la primigenia Casa de Campo de 1861) a un lenguaje radicalmente más sintético, vibrante, texturizado y fragmentado en sus años postreros. En estas obras de senectud, la inclemente luz mediterránea y la bruma atlántica disolvían progresivamente los contornos académicos para privilegiar la atmósfera global, acercando su estilo a los márgenes del preimpresionismo.

Inventario y Presencia Institucional. Catálogo Razonado

La incesante y prolífica producción pictórica de Serafín Avendaño a lo largo de más de cinco décadas ininterrumpidas de trabajo ha legado un vasto y rico patrimonio histórico. Hoy en día, sus obras se encuentran dispersas y salvaguardadas por las más prestigiosas colecciones públicas y privadas de España e Italia. Su encomiable persistencia en los envíos de obra a las magnas Exposiciones Nacionales de Bellas Artes le granjeó en vida un considerable reconocimiento oficial, engrosando las colecciones del Estado al obtener importantes medallas de tercera clase en las competidas ediciones de 1864 y 1892, y un prestigioso galardón de segunda clase en 1899.

A continuación, se presenta un catálogo estructurado que recopila las obras más representativas del pintor vigués, organizadas según las principales instituciones museísticas que velan por su preservación.

Obras en el Museo Nacional del Prado (Madrid)

La primera pinacoteca de España custodia un núcleo fundamental y representativo de la obra madura y premiada de Avendaño, compuesto por lienzos de gran formato que atestiguan de manera palmaria su irrepetible maestría en el paisaje realista y luminista.

Título de la ObraDataciónSoporte y TécnicaRelevancia Histórica y Galardones
Paisaje de Portland1859Óleo sobre lienzoFruto temprano y exótico de sus vastos viajes internacionales.
Paisaje en las cercanías de Génova / En el bosquec. 1885Óleo sobre lienzoTestimonio fundamental de su plena asimilación de los postulados cromáticos de la Scuola Grigia.
Procesión en la abadía de Tiglieto1895Óleo sobre lienzoMagistral integración de la composición paisajística con elementos etnográfico-religiosos.
Una fuente en Galicia1897Óleo sobre lienzoObra cumbre galardonada con una importantísima Medalla de 2ª clase en la Exposición Nacional de 1899.
Paisaje1897Óleo sobre lienzoReflejo depurado del paisajismo luminista en su estado más puro.
Paisajec. 1900Óleo sobre lienzoClara evolución estilística hacia texturas más audaces y fragmentadas.
Paisaje (fondo marina)1907Óleo sobre lienzoObra de su etapa crepuscular que evidencia un emotivo retorno a la temática costera.

Colección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid)

La ilustre academia madrileña conserva íntegramente el excepcional proceso creativo de la obra que le valió a Avendaño su pensión estatal en Roma. Este conjunto tricéfalo constituye un inigualable caso de estudio técnico para analizar su praxis académica y su evolución desde el apunte rápido hasta el lienzo definitivo.

Número de InventarioTítulo de la ObraDimensionesAnálisis Técnico y Descriptivo
0099Paisaje de la Casa de Campo (1861)75 x 100 cmLienzo de gran formato presentado al concurso oficial. Virtuosismo en los reflejos del agua. Firmado en el reverso como «Serafín de Avendaño».
0452Paisaje de la Casa de Campo (1861)39 x 50 cmÓleo sobre lienzo. Calificado como «pintura previa» o boceto preparatorio avanzado. Firmado escuetamente «Abendaño».
0477Paisaje de la Casa de Campo (1861)28 x 37 cmBoceto preliminar al óleo, caracterizado por una pincelada fresca. Restaurado meticulosamente en 1991 por Pedro Rodríguez Mostacero.

Cabe destacar que el lienzo definitivo (Inv. 0099) fue seleccionado por su valor paradigmático para integrar la magna exposición Palabras pintadas, 70 miradas sobre Madrid, celebrada en 2004 en la Sala de las Alhajas, confirmando su estatus canónico en el paisajismo del siglo XIX.

El Patrimonio Conservado en Galicia. El Retorno de la Mirada

En su anhelada tierra natal, diversas y prestigiosas instituciones custodian piezas de vital importancia que reflejan la profunda y nunca cercenada conexión espiritual del artista con el agreste paisaje atlántico. El Museo de Pontevedra y las colecciones privadas institucionalizadas, en particular, atesoran obras que documentan exhaustivamente sus etapas postreras y su compromiso con el naciente arte de Galicia.

Institución CustodiaTítulo de la ObraCronologíaTécnica, Dimensiones y Temática
Museo de PontevedraPaisaje de invierno (Inv. 000848)1901Óleo s/ lienzo (50×60 cm). También titulado Atardecer aldeano. Representación magistral de la campiña invernal gallega en Gondomar.
Museo de PontevedraEscena de costa (Inv. 000854)ca. 1900-1908Técnica mixta (aguada y óleo s/ papel, 29,5×20,7 cm). Conmovedora escena que representa el arduo trabajo campesino frente a la inmensidad del litoral.
Colección AfundaciónPaisaje de otoño1863Óleo representativo de su etapa germinal de consolidación tras la llegada a Italia.
Colección AfundaciónPaisaje con gallega1891Retorno iconográfico a la temática etnográfica autóctona, anticipando el regionalismo del siglo XX.
Colección AfundaciónPaisaje con gansos1895Captación minuciosa y anecdótica de la fauna doméstica integrada en el sereno entorno rural.
Museo Belas Artes CoruñaAldea gallegaSin datarSoberbia escena rural que destaca por su tratamiento lumínico audaz y fuertemente antiacadémico.
Museo Belas Artes CoruñaJugando al tejoSin datarRara incursión en la escena de género de corte lúdico, demostrando la versatilidad temática del autor.
Serafin Avendaño

Dispersión y Presencia en Colecciones Italianas

La profunda e indeleble huella dejada por Avendaño como cofundador de la Scuola Grigia se atestigua materialmente en una profusa y rica presencia de sus obras en las colecciones públicas y privadas del país transalpino, evidenciando el altísimo aprecio de la crítica italiana por el maestro gallego.

Ciudad / RegiónInstitución o ColecciónTítulo de la Obra y Detalles Técnicos
Turín (Piamonte)Galleria d’Arte ModernaLa rosa (1875). Exquisito óleo sobre tabla de pequeño formato (35,5 x 21 cm).
Roma (Lacio)Galleria NazionalePrimavera (1882). Óleo sobre lienzo de gran formato (68 x 119 cm), cumbre de su etapa luminista.
Cuneo (Piamonte)Colección privada (Caraglio)Baños de Livorno. Óleo sobre lienzo (48 x 25,5 cm), firmado en el margen inferior derecho.
Piacenza (Emilia-Romaña)Galleria Oddi RicciObras paisajísticas diversas pertenecientes a la Scuola Grigia.
Busseto (Parma)Colección Carrara-VerdiObras adquiridas o regaladas durante su dilatada e íntima amistad con el compositor Giuseppe Verdi.
Savona (Liguria)Colección privada (ex-Galleria La Navicella)Paisaje fluvial, con «stradale». Raro y atípico formato en tríptico al óleo (31×39 cm central). Atribución confirmada por Vitaliano Rocchiero.

El Legado en el Arte de Galicia y los Pintores Gallegos Posteriores

Serafín Avendaño no fue en absoluto un pintor aislado o un genio solitario en su dorado exilio italiano; por el contrario, su figura y su inmensa obra ejercieron una influencia centrípeta, intelectual y formal absolutamente fundamental en la configuración ontológica y estética del moderno arte de Galicia. Junto a su buen amigo y contemporáneo Dionisio Fierros, Avendaño lideró con aplomo el complejo tránsito desde el pintoresquismo romántico, a menudo lastrado por un costumbrismo excesivamente folclórico, hacia una concepción plenamente naturalista que dignificaba, elevaba y universalizaba el paisaje atlántico.

El impacto más directo, profundo e inmediato de la estética «avendañista» se percibe con diáfana claridad en la trágica, malograda, pero inmensamente brillante promoción de jóvenes artistas conocida por la historiografía como la «Xeración Doente» (Generación Doliente). Esta irrepetible generación de creadores, diezmada implacablemente en su juventud por los estragos de la tuberculosis, encontró en los preceptos lumínicos importados por Avendaño (esa paleta característicamente clara, amable, esmaltada y profundamente alejada de los pardos lúgubres del academicismo) un auténtico faro estético de modernidad.

Insignes pintores gallegos de la talla del genial Isidoro Brocos (excelente dibujante y formador de vocaciones) y su alumno más prometedor, el malogrado Joaquín Vaamonde, así como el talentoso Ovidio Murguía (hijo del teórico Manuel Murguía y de la poetisa Rosalía de Castro) y Ramón Parada Justel, asimilaron con avidez el concepto revolucionario del paisaje como vehículo supremo de expresión anímica y de identidad regional. Fue este un arduo camino conceptual y técnico que Serafín Avendaño había desbrozado y allanado años atrás desde las brumosas laderas del Piamonte y las costas de Liguria.

Pero la semilla plantada por el genio vigués no se marchitó con la tragedia de la Xeración Doente. El imperecedero legado de Avendaño germinó con fuerza renovada, años después de su fallecimiento en 1916 , en la denominada «Generación Triunfante», el estamento de creadores que consolidó de manera definitiva y gloriosa el renacer pleno del arte gallego en el primer cuarto del siglo XX. Pintores gallegos de alcance internacional de la talla de Francisco Llorens y el académico Fernando Álvarez de Sotomayor recogieron, adaptaron y sublimaron el testigo del paisajismo de tintes etnográficos iniciado magistralmente por Avendaño.

En el caso específico de Álvarez de Sotomayor, la inmensa vertiente etnográfica de su abrumadora producción y su exaltación colorista y vitalista del intrincado «ser gallego» —plasmado pictóricamente en la interrelación profunda, atávica y casi telúrica entre la tierra, los estoicos campesinos y las costumbres ancestrales transformadas en entes de identidad— es deudora de manera indiscutible y directa del fértil marco conceptual que Serafín Avendaño legitimó y elevó a los altares oficiales en las magnas Exposiciones Nacionales mediante lienzos inmortales como Una fuente en Galicia o el evocador Paisaje con gallega.

Fuentes

El presente informe se asienta sobre la base de las siguientes referencias historiográficas, académicas y museísticas, las cuales constituyen el sustrato bibliográfico para el estudio del pintor Serafín Avendaño y su contexto en el arte gallego e italiano:

  • Álvarez Blázquez, José María (1960). La ciudad y los días. Vigo, Ediciones Monterrey.
  • Arias Anglés, Enrique. La pintura de paisaje en España en el siglo XIX.
  • Barreiro Fernández, X. R. & Axeitos, X. L. (2005, 2012). Estudios relativos a Manuel Murguía, el entorno del Rexurdimento y el epistolario histórico vinculado al «Comité Borrasca» y Rosalía de Castro.
  • Bernárdez, Carlos L. (1953). Análisis crítico sobre el realismo y la obra de Serafín Avendaño. Madrid, Editorial Tecnos.
  • Boccardo, Piero; Colomer, José Luis; Di Fabio, Clario (coords.) (2004). Serafín Avendaño (1837-1916). Un español en Génova. España y Génova, Obras, artistas y coleccionistas. ISBN 84-933403-4-0.
  • Bouzas, Cousuelo (1950). La pintura gallega. A Coruña, Ediciones Porto.
  • Caamaño Fernández, Rosa E. (1991). Serafín Avendaño. Tesis doctoral y textos del catálogo de la exposición antológica. Vigo, Fundación Caixavigo.
  • Chamoso Lamas, Manuel (1976). «Arte», en Galicia. Barcelona, Editorial Noguer.
  • Pablos, Francisco (1981). Pintores gallegos del Novecientos. A Coruña, Fundación Pedro Barrié de la Maza.
  • Pablos, Francisco (1981). Plástica gallega. Vigo, Fundación Caixavigo.
  • Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (RABASF). Inventario digital, catalogación y bibliografías históricas (Tormo, 1929; Pérez Sánchez, 1964; Bonet Correa, 2004, 2012) referentes a los legajos y bocetos del certamen de 1861.
  • VV. AA. (1979). Vigo en su historia. Vigo, Fundación Caixavigo.
  • Vázquez Astorga, Mónica. Estudios monográficos referentes a «La pintura española en los museos y colecciones de Génova y Liguria (Italia)» y la Scuola Grigia.

Serafín Avendaño en el Museo del Prado

Eduardo Artabria
ARTE GALICIA

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